Rodéate de ti
Este fin de semana sabe y huele a verano, a esos días que, a pesar de ser eternos, no son capaces de albergar todo lo que queremos hacer. A esas noches que, invadidas por los días, se acortan.
Para muchas personas esta estación es la mejor, la que te exige parar, aunque sea por imposición y de sopetón. En ella volvemos a esos lugares que conocen una parte de nosotros muy especial, un yo más calmado, más silvestre, más auténtico. Una estación con otro ritmo, con rutinas y horarios que se relajan y en la que los problemas parecen, por un tiempo, un poco más lejanos.
Para mí, era como si el invierno no valiese. El verano era lo que importaba. Mi vida entera se medía en veranos. Como si no empezase a vivir de verdad hasta el mes de junio, en esa playa, en esa casa.
El verano en que me enamoré, Jenny Han.
Veo la caravana desde el lugar en que desayuno y escribo estas líneas. La morera dibuja sombras en su lateral, formas abstractas que danzan al ritmo de la brisa. Me gusta pensar que soy de esas personas que viajan en caravana, de las que eligen pasar un tiempo de forma sencilla, a un ritmo un poco más lento, en una pequeña caja de cerillas que concentra por unos días todo lo que necesitamos.
Me pregunto qué otras cosas me gustaría tener a la vista para recordarme qué me gusta o cómo soy, a qué equipo pertenezco.
Porque a veces me desdibujo, me pierdo entre lo urgente, me olvido de qué es lo importante, de qué me mueve o de qué me ilusiona.
En la lista de pequeños recordatorios, estaría la bicicleta a la vista. Significaría que salgo con ella, que mover el cuerpo es una manera de reconectar, que retomo una actividad que siempre me ha gustado. Que hay caminos que reaparecen cuando vuelves a ti y dejas de tener prisa.
Vislumbro también una libreta abierta y los libros que siempre me acompañan. Veo mi hamaca preferida, la piscina limpia y tentadora, las ramas que se mecen al atardecer, la música que acompaña y acuna; unas risas compartidas, una guirnalda, la luz del atardecer que juguetea en la cortina de mi habitación, unas flores sobre el mantel de lino blanco, una buena conversación, el fresco que acaricia mi piel al amanecer…
Quizá no se trate solo del verano.
Tal vez se trate de rodearnos de pequeñas señales que nos devuelvan, una y otra vez, a la vida que queremos vivir y a la persona que somos o, quizá, a la que queremos llegar a ser.
En este paréntesis maravilloso que es el verano, una vida con el cielo por techo, el sol como compañero, la brisa en la cara y esos atardeceres que asombran y acompañan. Pase lo que pase.



Qué bonito lo describes Isabel. Imágenes que nos gustaría tener siempre delante. Que nos transmiten calma. Quizá esa sea una de las misiones que tiene el verano, decirlos que la vida hay que vivirla con tranquilidad, acompañados de las pequeñas cosas que nos hacen sentir bien y nos animan a seguir adelante.
Un abrazo y disfruta
De estación? Verano 🌼