Candela
Candela cierra los ojos. El barullo de la cafetería no le deja escuchar con claridad. Lleva veinte minutos sentada en una mesa apartada. Una columna protege su espalda de miradas indiscretas mientras intenta concentrarse en la lectura que tiene entre las manos.
No lo consigue. Hay demasiada gente. Entre el bullicio general, le parece distinguir una voz. Es masculina. No escucha al principio el contenido, solo se centra en la tonalidad, en el color. Es profunda, grave, con una sonoridad que la seduce al instante. Tiene la certeza de que pertenece a una persona especial.
Candela comprueba que ha bajado el ritmo de su respiración. Estira la espalda y se apoya en la columna. Su cuerpo se relaja de pronto. Hacía tiempo que no escuchaba una voz que le llegara tanto. Una leve sonrisa se dibuja en su rostro mientras se mece con el murmullo que proviene de unas mesas más allá.
El ruido parece bajar de repente. Candela solo escucha esa voz que le hace transportarse a otro lugar. Está en la iglesia, en uno de los bancos más cercanos al confesionario. Su tío Adrián, el párroco del pueblo, la lleva un rato allí todas las tardes.
Con el pelo recogido en dos trenzas y un sencillo vestido atado a la cintura, Candela se sienta obediente en el banco. Se ha acostumbrado a esa rutina mientras los demás niños juegan en la plaza del pueblo. El ambiente de la iglesia es tranquilo y fresco. Se ha acostumbrado a ese olor, a la energía tranquila que se respira en su interior.
La temperatura del templo se asemeja a la de una cueva. Candela fantasea con adentrarse por cavidades ocultas y pasadizos secretos. Juguetea con un pequeño rosario de madera que le regaló su abuela mientras escucha el runrún de las pisadas y los siseos dentro de la iglesia.
Cada día, el padre Adrián atiende a los feligreses en el confesionario. Aprovechan las horas de menos afluencia para confesar pecados y compartir culpas. Candela se fija en los tonos de voz, que se acompañan de descripciones de su tío al terminar la confesión. No atiende al contenido de la conversación, que le llega como un susurro y sabe que no debe retener, sino al tono de unas voces de desconocidos que su tío acompañará con descripciones físicas al terminar el servicio.
—Esta vez era un señor de unos 60 años, venía triste y muy preocupado. ¿Lo has notado, Candela? Es Juan, el abuelo de Javier, el pequeño. Es muy buena persona.
—¿Te has fijado en la voz tan aguda que tenía esta señora? Por su tono, habría dicho que se trataba de una cría pero tenía más años que tu madre, Candela.
—¿Has escuchado la manera en que se expresaba? Era una chica de unos 20 años, tenía aspecto saludable, aunque por su rostro, diría que se sentía sola y estaba algo asustada. Parecía decidida y tozuda. Criatura…
Y así fue como Candela se dejó transportar por voces y sonidos. Aprendió a reconocer a cada persona del pueblo y a distinguir emociones, ánimos y penas. Poco a poco los sonidos se fueron convirtiendo en su guía. Detectaba energías, motivos ocultos, miradas francas y corazones sinceros tras unas cuantas palabras compartidas al aire.
La camarera interrumpe a Candela, que abre los ojos ocultos bajo las gafas de sol. Se escucha de pronto un vacío en el ambiente. Todo el mundo parece haber callado por un momento. Candela espera, gira imperceptiblemente el cuello hacia las mesas en las que se oía esa voz tan especial.
—Un chico ha preguntado por ti hace un momento. Me ha dado esta nota para ti. Le he visto pendiente de ti en varios ocasiones.
Candela levanta la mano en dirección a la camarera, que alarga el brazo para acercarle un papel.
—Ya sabes que no puedo leer un papel, María. ¿Qué dice la nota?
María carraspea suavemente antes de leer.
“Llevo varios días viéndote pasar la tarde aquí. Me gustaría conocerte”.
Candela nota un leve calor en el pecho. Sonríe apenas.
—Qué misterioso. ¿Dice algo más?
María sigue leyendo:
“Creo que ya me conoces. He intentado alzar mi voz para ver si podía llegar a ti”.
La cafetería parece detenerse un instante.
Candela aprieta despacio el borde de la taza.
—¿Eso es todo?
María duda.
—No… Hay una última frase.
Candela inclina apenas la cabeza.
“Creo que eres capaz de ver cosas que los demás no vemos. Me gustaría verlas contigo”.
El ruido de una silla desplazándose rompe el silencio cercano. Unos pasos avanzan despacio entre las mesas.
Entonces escucha de nuevo esa voz grave, mucho más cerca ahora.
—Hola.
Una pausa breve.
—Soy Manuel.
Candela no se mueve. Reconoce la distancia exacta en la que se ha detenido: ni demasiado cerca, ni demasiado lejos.
—Candela, ¿verdad?



Isabel!! 🥳🥳 Qué alegría leer un relato tuyo! La verdad es que Candela me ha dejado intrigada en muchas cosas. Me ha gustado ese don de escuchar lo que otros no pueden. Deberíamos parar un poco y practicar.
Un abrazo!
😍😍😍
Me ha encantado, Isabel. Yo que soy muy de voces y de todos, me he dejado transportar por tu relato y, al final, un leve escalofrío ha erizado cada poro de mi piel. Precioso 💖