Amor animal
El verano me ha traído un aire de nostalgia, como una serie de sobremesa. Recuerdos de momentos que no se repetirán, sensaciones que me transportan a otro lugar.
He llegado a la conclusión de que el amor por los animales se ejercita en un rincón muy concreto del corazón, si es que de verdad ese órgano se encarga de estas cosas. Hay personas que nunca lo entrenan, no por maldad, sino por pura ignorancia. Otras lo ejercitan tanto que terminan sufriendo más de la cuenta.
Max, nuestro perro, murió a finales de septiembre del año pasado. No sé por qué estas semanas estoy sintiendo con más fuerza el vacío que dejó: su rincón desierto, el parqué silencioso, el suelo demasiado limpio.
He leído que el cerebro programa y recrea las sensaciones de los momentos que nos marcaron. Que si viviste algo importante en una época concreta del año, tu cuerpo puede volver a responder de la misma manera cuando esas fechas regresan o cuando un pequeño estímulo despierta aquel recuerdo.
Estos días pienso mucho en Max. Como si fuera a encontrarlo tumbado en el comedor o corriendo por el césped.
A veces me sorprendo con una pregunta a punto de tomar forma en mis labios:
—¿Cómo está Max?
Me callo justo a tiempo. Me sorprende mi propia ingenuidad, igual que cuando organizo la semana dejando huecos para volver pronto a casa y que no esté tantas horas solo. O cuando pienso en las vacaciones y, por un instante, lo incluyo en los planes.
Aunque ya no esté.
Ayer mismo mi hija mayor me comentó que este verano es el primero sin Max. Quizá por eso estos días su ausencia pesa un poco más.
Supongo que es un hábito. ¿Qué son veintiún días para cambiar una costumbre frente a quince años teniéndolo presente en cada decisión, en cada salida, en cada plan?
Como decía al principio, quienes aman a los animales entrenan una esquinita muy concreta del corazón. Y cuando ese rincón ha estado ocupado durante tanto tiempo, cuesta mucho dejarlo vacío. Allí queda un cojín mullido y cálido.
Hace unos días vendimos el remolque que compramos el año pasado para viajar por Francia con él. Vino una señora con un perro mayor. Y reconocimos enseguida en ella el mismo propósito que habíamos tenido nosotros: estirar un poco más el tiempo compartido. No dejarlo atrás. Seguir juntos mientras fuera posible.
Desde hace unos meses, una familia de gatos nos ha adoptado. Deben de pensar que somos inofensivos desde que se marchó el pequeño ladrador que los echaba sin compasión.
Tiene algo profundamente reconfortante ver cómo unos animales acostumbrados a huir y a sobrevivir se sienten lo bastante seguros como para descansar a nuestro alrededor.
Quizá detectan en nosotros esa esquinita del corazón.



Pequeños seres que llenan tantas vidas, es tan grande su pureza como el vacío que dejan 🐾❤️
Cuando venís , muchas veces también me callo justo antes de decir: "¿Y Max?".
Ayer el perro del vecino bufó y pensé que era Lobo que venía a echarse en el césped. Después de años siempre hay momentos en los que se les recuerda especialmente aunque siempre están ahí.
Los gatos van donde sienten cobijo pero muchas veces van allá donde son las personas quienes lo necesitan.